Mosquitos y Emociones: Datos “E” – 2ª parte-

Unas de nuestras aficiones no confesas es el seguimiento naturalista de las hormigas, los estudios mirmecológicos de campo.  Durante años 7 años hemos dedicado una parte del tiempo libre al estudio de campo de la “Crematogaster alluaud” en los bosques de Tacoronte. Es fácil identificarla porque tiene cabeza y el tórax de color rojizo, y una parte del abdomen  – llamado gastro – de color casi negro. Su hábitat natural son los pinares expuestos al sol en cuya cercanía pueden localizarlas sin dificultades, sobre todo si hay arbustos con pulgones o amplias zonas con riqueza floral. Les encanta la melaza fabricada de los pulgones, a los que ordeñan, transportan y protegen, y el néctar de las flores. 130 millones de años contemplan a las hormigas, al verdadero rey de la evolución, con una biomasa aproximada entre ± 10% y 15% del total de la masa animal en los ecosistemas terrestres – una cantidad superior a 10.000 trillones de unidades. Todo sin conciencia individual, con un diminuto cerebro de 250.000 neuronas, un raquítico 6% respecto al tamaño del cuerpo – 0,33 miligramos -,  frente a las 90.000.000 millones de neuronas del Homo Sapiens 2. Pero nuestro post no va de hormigas.

Tratamos de presentar alguna información que no ayuden a entender los datos “E”, las emociones humanas. Para ello nos serviremos de los insectos voladores de la orden de los dípteros, suborden nematóceros, familias culícidos: el terrible “parásitos hematófago” llamado mosquito. Francamente, no tenemos muchos conocimientos sobre los mosquitos pero nos lo hemos pasado muy bien documentándonos sobre el mayor “depredador en serie” de la naturaleza.

El campo sensorial de los mosquitos es amplio: visual, táctil, detecta infrarrojos, excelente rastreador bioquímico y hipersensible a la vibración sonora que puede modular con sus alas.  La historia es la siguiente. Desde hace meses teníamos dos preguntas por responder: (a) ¿Por qué los seres marinos que viven en profundidades abisales no mueren “aplanados” por la presión marina?  – el medio interno celular y el externo se igualan por procedimientos poco conocidos –  y  (b) ¿Por qué el mosquito no es un depredador silencioso? Con respecto a la segunda pregunta no he encontrado respuesta clara en los textos ni en los amigos expertos consultados aunque hay uniformidad sobre por qué emite un sonido tan característico. Parece lo mismo pero no lo es. El sonido es fundamental para las pautas de cortejo y reproducción de los mosquitos, por tanto, parece lógico pensar que cualquier variación que afecte a la reproducción sexual será rápidamente recogida por la selección natural. Los mosquitos hacen ruido porque se comunican.

Sobre el ruido sobrevenido por el aleteo, la hipótesis más extendida es que cumple una función el ritual de apareamiento aumentando su frecuencia, más o menos 400 Hz en las hembras y 600 Hz en los machos. Las hembras mueven las alas a mayor velocidad, cuando están buscando pareja. El tema es más complicado, el aumento de la frecuencia del aleteo de los mosquitos hembras inducen a los machos a una pauta de cortejo tipo danza. El vuelo sincronizado de las pareja dentro de un amplia variabilidad de frecuencias en el rango alto a muy alto  – que puede llegar hasta 1200 Hz – es un elemento de selección para disparar la receptividad final del mosquito hembra  ¡Más o menos como en la discoteca!

El macho mosquito realiza, mejor dispara, el protocolo de comportamiento que ha heredado de sus antepasados si y sólo si escucha el estímulo desencadenador de la hembra. Desde este punto de vista podemos decir que el macho “se ha emocionado.”

La tesis del sonido como regulador de la reproducción entre los culícidos es sólida y se encuentra experimentalmente comprobada. Sin embargo, la discriminación de sonido de los mosquitos en su vuelo produce una señal de aviso para los mamíferos, una advertencia sonora que delata su presencia de forma inmediata y directa. Rápidamente las victimas reconocerán la llegada del “chupador de sangre” y se situará en estado de alerta o iniciarán una conducta de frente a él. El cazador descubre su posición con el sonido, advierte a la victima de su proximidad, incluso se permite el lujo de ensayar ataques antes del golpe final. El mosquito es un cazador confiado. Entre sus recursos hallamos la flexibilidad, siendo incluso inteligentes para ocultarse o camuflarse en las mejores condiciones que el ambiente le propone. No se confunda, el mosquito es capaz de aprender de las experiencias y variar los comportamientos de caza en función de los intentos anteriores. Pero el lector estará de acuerdo con nosotros en que el ruido del aleteo aparenta ser, a primera vista, un factor negativo. Sin embargo la emisión de un sonido tan audible y molesto debe tener alguna función útil, alguna ventaja para el mosquito hembra. Este es el problema que no entendía.

Antes de lanzar una hipótesis comentamos un detalle muy interesante. Hace referencia a dos característica del sonido de los mosquitos. La primera: (a) La percepción humana para las frecuencias de ruidos muy altas, la sensibilidad a los ruidos de frecuencias incomodas, entre 18 a 20 kHz, varían con la edad. A más edad menor poder de discriminación auditiva de altas frecuencias. La probabilidad de oír un mosquito a los 50 años es inferior a los 15 años. Nuestro oído degrada el umbral máximo sonoro. La segunda característica, (b) es que la exposición a ruidos de las altas frecuencias induce a la huida o retirada de la población mamíferas. Este es el mecanismo de los sistemas electrónicos antiplagas. Por ejemplo, una comunidad de jóvenes humanos a los que se les dirige concentraciones de ondas sonoras de alta frecuencia tenderá a dispersarse aún sin percibir conscientemente el ruido. Las ratas huyen al ser expuestas a los ultrasonidos de los instrumentos de música. Aprovecho pare decir que la contaminación por ultrasonidos es una degradación intolerable del ecosistema animal terrestre o marino. Deberían estar prohibidos. Si oye este fichero usted tiene  un oído preparado las frecuencias más alta de los mosquitos.

Pero, ¿por qué los mosquitos son cazadores que se hace notar? La respuesta hay que buscarlas en la forma de extracción de la sangre y el costo energético que debe emplear el mosquito. La proboscis, es la ajuga o largo pico con la que el mosquito perfora la piel de los mamíferos. Tiene un diámetro interno de alrededor de 25 micras y puede adentrarse hasta unos 2 milímetros de profundidad en la piel y puede extraer cerca de 5 μl de sangre por segundo de la víctima. La estrategia de mosquito es alucinante: logra vencer la resistencia de la piel y la fricción y succionar  sangre con eficiencia. La fuerza de un animal tan pequeño para perforar un medio tan resistente como la piel es algo muy asombroso; es una proporción imposible para un animal de mayor talla y peso, excepto para la hormiga.

Tesis. Pues bien, el mosquito induce a un estado de estrés a la victima para facilitar un aumento de la movilidad en el flujo sanguíneo capilar, acelerar la tensión sanguina, licuar la sangre y abrir los poros para la sudoración. Es fundamental que la extracción de la sangre sea rápida y al menor costo  energético. El mosquito emociona a la víctima y lograr que su respuesta fisiológica sea la mejor para sus “propósitos”. Simplemente el costo de extracción de la sangre de una persona fría y dormida es superior a una persona despierta en estado de cabreo o alerta. En ambos casos es posible, pero en el segundo es más eficiente y rápido. De alguna manera el mosquito “sabe” que la posibilidad de ser reducido por el animal “picado” en estado de alerta es remota.

El ruido del mosquito es un estímulo desencadenante, un estímulo incondicionado relacionado con respuestas de ansiedad en los organismos. Las respuestas del humano son las emociones.

Conclusión: (a) no debemos confundir el potencial de los estímulos para producir respuestas emocionales con las emociones mismas. No hay emociones sin señales internas o externas. (b) Las emociones no son caprichosas, obedecen a factores fundamentales para la supervivencia en el ámbito social.

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